Sequía y seguridad
hídrica: una crisis que no admite improvisaciones
Carlos Checo Estrella
La sequía que afecta a la República Dominicana comienza a
hacer mella en la producción agropecuaria nacional. La reducción de los
rendimientos, las pérdidas de cultivos, la menor disponibilidad de agua y las
dificultades para alimentar al ganado están incrementando la presión sobre
productores agrícolas y ganaderos, con el riesgo de que sus efectos terminen
trasladándose progresivamente a los precios de los alimentos.
La falta de lluvias durante el ciclo primavera-verano,
agravada en los últimos dos meses, ha elevado considerablemente la presión
sobre distintas áreas de la producción agropecuaria. Productores de diferentes
regiones enfrentan pérdidas y mayores dificultades para disponer del agua
necesaria para mantener sus cultivos y garantizar la alimentación del ganado.
Como suele ocurrir ante este tipo de situaciones, la crisis
encuentra al país sin una respuesta gubernamental suficientemente oportuna y
efectiva para aminorar sus consecuencias. Lo más preocupante es que la sequía
no constituye un fenómeno completamente inesperado. Con suficiente
anticipación, organismos meteorológicos internacionales habían advertido sobre
la alta probabilidad de condiciones climáticas adversas asociadas a la
variabilidad climática y a fenómenos como El Niño.
Ante esta realidad, cabe preguntarse: ¿por qué el país
continúa reaccionando ante las crisis hídricas en lugar de anticiparse a ellas?
La seguridad hídrica es un asunto nodal para cualquier nación
y como tal, debe ser tratado con absoluta seriedad.
Garantizar la disponibilidad y calidad del agua para las
presentes y futuras generaciones constituye una responsabilidad esencial del
Estado.
Sin embargo, República Dominicana continúa enfrentando graves
deficiencias en la gestión de sus recursos hídricos. No existe todavía una
política suficientemente eficiente, integral y sostenible que garantice agua en
cantidad y calidad adecuadas para el consumo humano, la producción agrícola, las
actividades industriales y la generación de energía.
La situación resulta todavía más preocupante cuando se
observa el estado de nuestras cuencas hidrográficas, cuerpos de agua e
infraestructura de distribución y canalización. Su deterioro representa una
amenaza directa para el abastecimiento presente y futuro.
De forma reiterada se ha denunciado ante la opinión pública
lo que se considera una preocupante falta de atención de las autoridades frente
al deterioro acelerado de las cuencas hidrográficas y de los sistemas
vinculados al aprovechamiento y distribución del agua.
A ello se suma un problema estructural: las elevadas pérdidas
de agua en los sistemas de distribución y en el uso agrícola y doméstico. Se ha
señalado que hasta un 70 % del agua servida puede desperdiciarse, una situación
que resulta inadmisible para un país que enfrenta periódicamente períodos de
sequía y que necesita preservar cada vez con mayor rigor sus recursos hídricos.
Nuestras cuencas hidrográficas presentan niveles preocupantes
de degradación como consecuencia de años de deterioro ambiental, deforestación,
contaminación, extracción indiscriminada de materiales y otras actividades que
afectan los ecosistemas responsables de la captación, almacenamiento y
regulación del agua.
También se observa un deterioro acelerado de ríos, arroyos,
lagunas y otros cuerpos de agua, afectados por acciones ilegales que, en
numerosos casos, no reciben una respuesta suficientemente firme y sostenida de
las autoridades correspondientes.
Esta situación coloca al país ante el riesgo de una crisis de
escasez de agua cuyas consecuencias económicas, sociales y ambientales podrían
ser incalculables.
La protección de las cuencas hidrográficas no puede continuar
siendo tratada como un asunto secundario. De su conservación depende el
abastecimiento de agua potable, la producción de alimentos, la generación de
energía, la preservación de los ecosistemas y, en sentido general, la seguridad
hídrica de la República Dominicana.
Estamos asistiendo a un proceso de degradación permanente de
importantes fuentes de agua, poniendo en riesgo no solamente las necesidades
del presente, sino también las posibilidades de las futuras generaciones.
Por ello, la seguridad hídrica debe convertirse en una
prioridad nacional, las autoridades del Gobierno deben asumir plenamente su
responsabilidad en la gestión del agua.
Es necesario pasar de las declaraciones a las acciones
concretas: proteger las cuencas hidrográficas, recuperar los cuerpos de agua
degradados, modernizar los sistemas de distribución y canalización, reducir
drásticamente las pérdidas, mejorar la eficiencia del riego agrícola y
garantizar una planificación hídrica capaz de anticipar los períodos de sequía.
El país no puede continuar enfrentando cada sequía como si se
tratara de un acontecimiento inesperado. La prevención, la planificación y la
inversión en infraestructura y conservación deben formar parte de una política
permanente de Estado.
República Dominicana tiene enormes desafíos en materia de
gestión de los recursos hídricos. Es urgente actuar con seriedad sobre la
conservación, producción, distribución y uso eficiente del agua.
De no ejecutarse con urgencia, intervenciones capaces de
garantizar el suministro de agua en cantidad, calidad y oportunidad, el país
podría verse abocado a una crisis de consecuencias económicas, sociales y
ambientales de gran magnitud.
La respuesta no puede limitarse a promesas ni a la generación
de falsas expectativas. El agua no espera. La sequía tampoco.
República Dominicana necesita una política nacional de
seguridad hídrica que trascienda coyunturas políticas y gobiernos. Porque
proteger el agua hoy no es solamente atender una emergencia: es garantizar la
producción de alimentos, proteger la economía y asegurar la vida de las futuras
generaciones.
Es hora de poner el agua en el centro de las prioridades
nacionales y sustituir las promesas por acciones concretas, sostenibles y
verificables.
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