Por Ing. Carlos Checo Estrella
El agua es un insumo fundamental para la producción agrícola
y desempeña un rol importante en la seguridad alimentaria.
Está comprobado que el riego controlado genera mejores
cosechas. Un riego adecuado aporta la cantidad de agua necesaria en el momento
en el que el cultivo la demanda.
La productividad de los terrenos bajo riego es tres
veces superior que la agricultura en secano. Cuando el riego es tecnificado la
productividad es cinco veces superior.
El riego comenzó aproximadamente en el año 6,000 a.C.
en Egipto y Mesopotamia. El primer gran proyecto de irrigación tuvo lugar en
Egipto, alrededor del 3,100 a.C. con la construcción de presas y canales para
desviar las aguas de la inundación del Nilo hacia un lago artificial llamado
Moeris. Canales similares también existían en la América precolombina, Siria,
China e India.
El desarrollo del riego en la República Dominicana
comenzó a finales del siglo XIX con la construcción de los canales de Juan
Caballero, Luis Bogaert y Santana, y el proyecto Manzanillo.
El 8 de abril de 1965, se creó la Secretaría de Estado de
Recursos Hidráulicos, fusionando la Dirección General de Riego de la Secretaría
de Estado de Agricultura y la Comisión Nacional de Irrigación, Fuerza y Control
de Ríos (CONAIF).
El 8 de septiembre se promulgó la Ley N.º 6 de 1965,
que creó el INDRHI, como máxima autoridad nacional sobre las aguas del país,
con prerrogativas de controlar y regular el uso de las aguas (artículo 4 de Ley
N.º 6 de 1965).
La Red Hidrográfica Nacional está constituida por 97
ríos que desembocan en el mar, 556 afluentes que se unen a los anteriores,
denominados afluentes secundarios y 1,197 afluentes terciarios, cuyas aguas
nutren a los secundarios.
La gestión del agua en la República Dominicana necesita
un nuevo enfoque que ayude a enfrentar los retos del presente, con una
proyección al mediano y largo plazo.
La falta de mantenimiento de la infraestructura
existente y el uso irracional del agua, así como la prevalencia de sistemas
tradicionales de riego con baja eficiencia, imposibilitan un mejor
aprovechamiento de las potencialidades de este bien.
República Dominicana en términos del balance hídrico
climático, tiene una posición privilegiada, ya que la cantidad de agua aportada
por las lluvias en nuestro país supera por mucho, a la media mundial, sin
embargo, la distribución geográfica y estacional de las aguas no es homogénea
en el territorio nacional.
Uno de los retos más importantes es la definición de
una política de gestión del agua a largo plazo en la que se integren las
necesidades presentes y futuras, y sean integradas en un plan hidrológico
nacional con un enfoque real de gestión integrada de recursos hídricos, a fin
de garantizar disponibilidad de agua y su gestión sostenible. Ha de ser un
compromiso del Estado disponer de agua en calidad y cantidad adecuada y que
ello constituya una responsabilidad inmediata.
Solo el10% de los terrenos cultivados tienen riego
tecnificado, por lo que es necesario un salto hacia un modelo de gestión en el
cual se dé prioridad a la inversión no solo en infraestructura, sino en
tecnificación educación y conservación.
Las necesidades del sector riego se relacionan con la
mejora de la eficiencia, la productividad y los aspectos organizativos.
Expertos señalan que se deben buscar soluciones en el
uso de mejores tecnologías para el funcionamiento eficiente de los sistemas de
riego y promover los medios adecuados de ayuda financiera para que puedan ser
adoptados por los usuarios, en general, propiciar políticas sostenibles que
garanticen la disponibilidad futura del recurso agua para todos los usos y para
todos los que la requieran.
Actualmente, el país cuenta con 2,854.2 kilómetros de
canales de riego, beneficiando a un total de 4,969,117 tareas de tierra.
El 80% el agua aprovechable en República Dominicana, se
usa en agricultura, de la cual se desperdicia un 70% debido a que los sistemas
de riego tienen un nivel de eficiencia muy bajo.
La inversión en sistema de riego tecnificados es un
elemento fundamental para la ampliación y mejora de la infraestructura
existente y consecuentemente, para elevar la productividad del sector
agropecuario.
Se debe trabajar en reducir los impactos negativos a
los suelos agrícolas, como erosión y salinización, lo que disminuye la
productividad de las tierras; mejorar la eficiencia, buscar soluciones en el
uso de tecnologías y técnicas avanzadas.
La protección, conservación, restauración de las
cuencas hidrográficas y desarrollar un plan de restauración de ríos, constituyen
acciones básicas para mantener el ciclo del agua y mitigar los efectos del
cambio climático.