El atractivo del lobo:
“Neoliberalismo, No”
Carlos checo Estrella
Un discurso es la construcción de un razonamiento destinado a
persuadir a quien escucha. Su propósito fundamental es convencer; por ello, la
fuerza de un discurso no garantiza necesariamente la verdad de todos los
argumentos sobre los cuales se sustenta.
El neoliberalismo se presenta como una propuesta basada en la
libertad económica, el libre mercado, la competencia y un Estado con una
participación más limitada en la economía. Sus defensores sostienen que la
apertura de los mercados, la iniciativa privada, la competencia y la reducción
de determinadas regulaciones favorecen la innovación, la productividad y la
prosperidad.
La experiencia de las últimas décadas ha generado una amplia
discusión sobre los límites y efectos de esas políticas. Después la crisis del
2008, se les critica por su incapacidad para generar la prosperidad económica
que prometen y por aumentar la desigualdad entre clases sociales.
Lo único que ha logrado el neoliberalismo es el estancamiento de la economía global y el
reparto más desigual
de la riqueza mundial.
Crecimiento económico y desarrollo social no son sinónimos.
La discusión fundamental es cómo se distribuyen los frutos
del crecimiento y cómo se convierten en bienestar, oportunidades y derechos
para todos.
En República Dominicana persisten importantes desafíos de
pobreza, desigualdad y acceso desigual a las oportunidades.
Nuestra sociedad tiene, un gran reto: construir mayor equidad
en medio de desigualdades económicas, territoriales y sociales que todavía
condicionan las oportunidades de amplios sectores de la población.
No basta con crecer. Hay que preguntarse cómo crecemos, para
quién crecemos y qué oportunidades genera ese crecimiento.
Una sociedad democrática no puede conformarse con que la
riqueza aumente si una gran parte de sus ciudadanos permanece al margen de las
oportunidades de educación, salud, vivienda digna, empleo de calidad, seguridad
y desarrollo.
República Dominicana necesita superar las estructuras
económicas y sociales que permiten una concentración excesiva de la riqueza,
del poder y de las oportunidades.
Para alcanzar un desarrollo verdaderamente sostenible,
necesitamos combinar crecimiento económico, productividad, inversión,
innovación y seguridad jurídica con políticas públicas capaces de ampliar las
oportunidades y reducir las desigualdades.
Para crecer y alcanzar mayores niveles de bienestar nacional
es necesario propiciar una distribución más equitativa del ingreso y ampliar la
igualdad de oportunidades.
Si queremos corregir asimetrías, avanzar en el combate a la
pobreza y la desigualdad, el camino no es aplicar políticas neoliberales que
van en sentido contrario al Estado Social y Democrático de Derecho que proclama
la Constitución
El desafío consiste en encontrar un equilibrio en el que el
mercado genere riqueza y el Estado garantice que el desarrollo económico se
traduzca también en bienestar colectivo.
El peligro no siempre se presenta con rostro amenazante.
puede aparecer bien vestido, educado, formal, cordial y
amable. Puede hablar de modernización, eficiencia, libertad, seguridad
jurídica, productividad y desarrollo.
El lobo de Caperucita no mostró inicialmente su verdadera
naturaleza. Para acercarse, recurrió al engaño y adoptó una apariencia que
generara confianza.
La cuestión no consiste en desconfiar de todo aquel que hable
de libertad, competencia o iniciativa privada. La verdadera cuestión es qué
modelo de sociedad se propone construir detrás de esas palabras y quiénes se
benefician de él.
Por eso debemos prestar atención cuando escuchamos discursos
que exaltan sistemáticamente lo privado mientras desprecian lo público; que
presentan la competencia como solución universal; que convierten los impuestos
en un enemigo; que consideran el gasto público únicamente como un problema y
que reducen la función del Estado a garantizar las condiciones para la
actividad privada.
Debemos preguntarnos:
¿Libertad para quién? ¿Seguridad para quién? ¿Desarrollo para
quién?
Porque la libertad económica carece de sentido social si las
oportunidades están concentradas en pocas manos.
La productividad es necesaria, pero también debe traducirse
en mejores salarios y condiciones de vida.
La inversión privada es fundamental para generar riqueza y
empleo, pero los servicios públicos esenciales no pueden quedar subordinados
exclusivamente a la lógica de la rentabilidad.
Los impuestos no son simplemente una carga: constituyen uno
de los instrumentos mediante los cuales una sociedad financia bienes y
servicios públicos y puede corregir desigualdades.
Las ideas retrógradas también pueden presentarse con nuevos
nombres, nuevos discursos y nuevos rostros.
En el Evangelio aparece la conocida imagen del vino viejo en
odres nuevos: cambiar el recipiente no transforma necesariamente el contenido. Por
eso debemos observar más allá de las palabras.
Cuidémonos de confundir juventud con renovación,
modernización con progreso o lenguaje empresarial con solución de los problemas
sociales.
Una idea no se vuelve progresista simplemente porque sea
presentada por una persona joven, ni una propuesta deja de ser regresiva porque
esté expresada con elegancia, lenguaje moderno o una impecable conducta
personal.
Lo importante son sus consecuencias y el modelo de sociedad
que propone.
República Dominicana necesita una regeneración de la política
y una renovación de sus instituciones.
Necesita un Estado capaz de promover el bienestar y el
desarrollo de todos; un sector privado vigoroso y responsable; servicios
públicos de calidad; igualdad de oportunidades; instituciones fuertes y una
ciudadanía consciente de sus derechos y deberes.
No posterguemos la tarea de organizar nuestra vida colectiva
sobre bases de mayor equidad.
Urge corregir asimetrías, combatir la pobreza y reducir las
desigualdades.
Urge construir una sociedad cohesionada, sostenible, segura,
próspera y solidaria.
Una República Dominicana donde la libertad no sea privilegio
de unos pocos, donde la seguridad no sea patrimonio de determinados sectores y
donde el desarrollo no se mida solamente por el tamaño de la economía, sino
también por la calidad de vida de su gente.
La apuesta debe ser una República Dominicana próspera, justa,
democrática, libre y feliz.
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