jueves, 9 de julio de 2026

La seguridad hídrica no admite más demora

La seguridad hídrica no admite más demora

La seguridad hídrica debe convertirse en una prioridad nacional. Ningún país puede aspirar a un desarrollo sostenible cuando sus fuentes de agua se deterioran aceleradamente y las políticas para protegerlas resultan insuficientes.

En República Dominicana, la degradación de las cuencas hidrográficas ha dejado de ser un problema exclusivamente ambiental para convertirse en una amenaza directa a la seguridad alimentaria, la salud pública, la producción de energía y la estabilidad económica.

 La comprensión de lo crucial que son las cuencas hídricas para el manejo sostenible de uno de los recursos más esenciales para la vida, el agua, debe llevarnos a adoptar todas las medidas necesarias para protegerlas.

Una cuenca hídrica es el territorio donde toda el agua de lluvia drena hacia un mismo cuerpo de agua, como un río, lago o embalse. Existen dos tipos principales: la cuenca hidrográfica, que comprende únicamente las aguas superficiales, y la cuenca hidrológica, que incluye tanto las aguas superficiales como las subterráneas.

La importancia de las cuencas va mucho más allá de su función como sistemas naturales de drenaje. Desempeñan un papel esencial en el ciclo hidrológico, captando, almacenando y distribuyendo el agua de lluvia. Gracias a ello, garantizan el abastecimiento de agua potable, sustentan la agricultura, posibilitan la generación de energía hidroeléctrica, conservan la biodiversidad y contribuyen a prevenir desastres naturales como inundaciones y sequías.

Cada cuenca está integrada por subcuentas y microcuencas que conforman un sistema interconectado.

Las cuencas saludables funcionan como filtros naturales, impidiendo que sedimentos y contaminantes lleguen a los ríos, lagos y acuíferos. Sin embargo, las actividades humanas pueden alterar gravemente este equilibrio, afectando tanto la cantidad como la calidad del agua disponible.

En República Dominicana existen 30 grandes cuencas hidrográficas, 17 cuencas costeras y 18 subcuencas principales. La degradación de estos sistemas constituye una grave crisis socioambiental y de salud pública. En las últimas tres décadas han desaparecido alrededor de 700 ríos y arroyos, poniendo en riesgo la seguridad hídrica, la producción de alimentos, el abastecimiento de agua para la población y, en consecuencia, la estabilidad y el desarrollo del país.

Entre las principales causas de esta degradación se encuentran la deforestación, el conuquismo practicado sin criterios de sostenibilidad, la extracción de agregados de los ríos, la contaminación por desechos sólidos y residuos químicos, las aguas residuales y la expansión urbana desordenada.

La pérdida de cobertura forestal en las cuencas provoca que grandes cantidades de sedimentos lleguen a las presas, reduciendo su capacidad de almacenamiento y acelerando su deterioro, lo que disminuye considerablemente su vida útil.

Los bosques desempeñan un papel determinante en la protección de las cuencas. Los árboles liberan vapor de agua hacia la atmósfera, favoreciendo la formación de nubes y las precipitaciones. Asimismo, interceptan la lluvia, facilitando la infiltración y la recarga de los acuíferos en lugar de permitir un rápido escurrimiento superficial.

La percolación, es decir, el movimiento del agua a través del suelo, constituye un proceso fundamental para la filtración y recarga de los acuíferos. Para ello son indispensables los suelos permeables, cuya conservación depende en gran medida de la cobertura vegetal.

Los bosques actúan como filtros naturales al retener sedimentos, nutrientes y contaminantes antes de que alcancen los cuerpos de agua. Sus raíces estabilizan el suelo y reducen la erosión, mientras que su capacidad para absorber y almacenar grandes volúmenes de agua ayuda a disminuir el impacto de las inundaciones. Además, proporcionan hábitat a una gran diversidad de especies, fortaleciendo la resiliencia de los ecosistemas terrestres y acuáticos.

Necesitamos cuencas saneadas, protegidas, restauradas y reforestadas; libres de contaminación y de conflictos de uso del suelo. Solo así el bosque podrá seguir protegiendo el suelo que alimenta los ríos, mantener caudales estables y garantizar el suministro permanente de agua que demandan los acueductos, las centrales hidroeléctricas, los sistemas de riego y las actividades productivas.

La seguridad hídrica debe convertirse en una verdadera política de Estado. Es urgente fortalecer las políticas públicas dirigidas a la protección, conservación, restauración y manejo integral de las cuencas hídricas.

Proteger las cuencas es proteger el agua, la biodiversidad, la producción agrícola, la infraestructura hidráulica y, en definitiva, el futuro de República Dominicana.

El momento de actuar es ahora, mañana podría ser demasiado tarde.

 

Por Carlos Checo Estrella

 

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